El buen traductor

Cada vez lo hacía mejor, tanto que nunca faltaba su faja en las traducciones de novelas de los años cincuenta sobre traficantes de armas o algodoneros del siglo XIX americano. Lo hacía tan bien que comenzó a gozar de una merecida fama como traductor y las editoriales se lo rifaban. Le pagaron cada vez mejor, fue el mejor traductor que tuvo jamás la industria editorial, pues dotaba a los libros de un alma nueva, mejorando incluso el original, logrando que brillara más la traducción, generando, incluso, un estilo nuevo. El final de esta historia lo sabe todo el mundo, pero aún así lo diré: nadie tradujo nunca al traductor.


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