Un libro en Seúl

Las gratitudes de publicar libros son, hasta la fecha, más bien intangibles. Uno diría que el dinero, la felicidad que te trae el dinero, también es intangible. Tener millones en la cuenta puede generar felicidad, pero uno no está tocando esos millones todos los días. Arreglarse la boca, por ejemplo, con parte de esos millones, sí que puede traer felicidad. O al menos, mitigar ciertos problemas de salud estomatológica.

Me cuenta un amigo que le gustaron «mucho» mis Diarios. Pero que, por desgracia, se olvidó el libro en Seúl. La alegría, intangible, es doble. Me gusta que ese montón de páginas descanse en la habitación de un hotel sin alma, que lo escrute una camarera de pisos con alma, o con un alma en busca de elementos que lo tengan, como ese libro. Y que se lo lleve a casa, como un personaje de Murakami, y duerma con él bajo la almohada, imaginando historias españolas que nunca tendrán lugar, como provocando que esas palabras que no entiende supuren algo, un mensaje, una sensación. Mientras invoca a sus dioses orientales, alguien al otro lado del mundo, en otro huso horario, autor de ese libro recostado, responde a ese estímulo imaginando esta breve historia en la que lo único real es un libro olvidado en Seúl, Corea del Sur.

Suhyeon Choi

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