Horas solitarias

Hay un libro de Baroja así llamado, pero quizá Baroja no sintió nunca la soledad. La soledad de quien se queda solo. Porque para sentir la soledad, ha habido antes que estar acompañado. Muchos años. Muchas noches. Muchos programas de televisión. Muchos vinos con este y aquel. Muchas Navidades. Muchos cumpleaños. Muchos funerales. Muchos viajes al interior de la España vacía. Ahora ya no está y la casa está llena de su ausencia. Nos acordamos de ti pero no te llamamos. Para qué molestar. De alguna manera llegan nuestras ondas, nuestros campos mórficos, nuestras, vaya, oraciones. Apagas la televisión y ya no dices me voy a la cama. Ni te quedas frito en el sofá como tantas noches. Aunque a veces sí. Entonces, ella te despertaba al día siguiente. Quizá con un café. Ahora te despiertas de madrugada, con la televisión aún encendida, tantos documentales juntos, aunque no hablarais, ella con el iPod, tú con un libro, las imágenes de fondo. Tomas el rumbo hacia el dormitorio y ella no está. No logras acostumbrarte a esta nueva vida. A veces, te preguntas, ¿para qué vivir? No porque quieras morir, sino por el mero hecho de para qué hacerlo. Intentas recuperar el sueño aunque sabes que a las siete, en apenas tres horas, tendrás los ojos como platos. Tantos madrugones cuando la ciudad roncaba profundamente. Te gustaban los domingos. Ahora no sabes qué te gusta, si te gusta algo, si tienes derecho a que te guste algo, aunque te lo mereces. Te mereces dormir bien, descansar y, por suerte, lo haces. Mañana seguirás no estando, pero sí tu presencia, tu halo. Nadie se va nunca del todo. Di su nombre.

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