Respingo

Leo 'Entusiasmo' en una terraza de la avenida de la Albufera. Tomo el sol en esa amable, quizá por penúltima, puesta de sol: el sol brilla para todos, al menos en España. El alter ego de d'Ors cuenta la felicidad del día en que se ordenó, por fin, sacerdote, con 27 años, tras siete años de formación no exenta de sinsabores: el verano del 88 emulando a los protagonistas de 'La música del azar' con la construcción forzosa de la valla como único cometido. El año de noviciado, sin salir de las paredes conventuales, leyendo, curiosamente, a Marx y a Nietzsche, como era habitual entre cierta tendencia izquierdista dentro de la Iglesia, en la que cayó d'Ors. 

Estoy metido en el libro, porque es un libro sencillo, como lo son los buenos libros, y me gusta leer que dio catequesis en el sur de Madrid y de pronto me noto acompañado, y sigo absorto, haciendo bueno aquello de su Charles de Foucauld en la lucha contra la dispersión, el peor de los males, cuando alguien me toca el hombro y me da un susto casi de infarto. ¿Una monedita? Joder, qué susto, señora. Pues mira, no hay moneda, lo siento. ¿Y qué lees? Le enseño la portada y me contesta: «Ahivá, yo a ese lo conozco. Estuve presente cuando lo ordenaron sacerdote, con los claretianos, me ayudó mucho en una época en la que andaba bastante perdida. Un tío grande». Le doy un euro que recibe con gratitud y sin más ganas de pelar la hebra y se marcha tan contenta como llegó. Parece que, a pesar de todo, es más peregrina que vagabunda. Sus ojos límpidos así me lo demuestran.


Brian Minear

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