Las leyes del zeitgeist

Jueves noche en la Galileo Galilei. Faemino y Cansado, que llevan 35 años juntos. «No hagáis la cuenta, cabrones». Risas, en ese ambiente proclive a la risa, campo mórfico hilarante, imposible no reírse cuando de pronto te sueltan un «pollón». Oriol apunta que a las mujeres les hace menos gracia y noto a las de mi alrededor un poco de comparsas del novio, que ríe citius, altius, fortius. Reír ciertas gracias es también refrendar ciertas gracias, y Oriol y yo las reímos, porque comulgamos con ese humor absurdo por cuanto tiene, yo qué sé, de elegante, de antiutililario. De arte.

Nos reímos con Faemino y Cansado, pero prevalece una sensación de ya visto, ya reído. De atemporalidad en el discurso cómico: el show podría haberse producido en 1992 y nadie habría notado nada. De hecho, las alusiones a elementos de nuestro tiempo, excepto una muy breve a Wallapop, son escasas en estos genios quizá acomodados a una fórmula que les sirve para llenar la sala Galileo.

Pero su zeitgest se pasó y parece que no están por la labor de reconquistarlo. Para eso hay que reinventarse y eso implica riesgo. El espectador ríe, da por bueno el espectáculo, pero queda privado de esa fascinación de quien logra plantar a cara a su tiempo, a su presente. Hoy pensaba que el artista verdadero es el que planta cara el presente. Y, en esta cosa del humor, entendido también como una expresión artística, cultural, Faemino y Cansado habrían dado el relevo a otros, un Miguel Noguera, por ejemplo, renunciando a cumplir las exigentes leyes del zeitgeist, como hizo hace muchas décadas Forges.







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