Extraño duelo

Te deja un tiempo ensimismado, gris, con el pecho cargado de un humo de un tabaco que no fumas, desplomado por una resaca de una sustancia que desconoces, cuyo tratamiento, ese ibuprofeno que nunca tomas, tampoco podrías autorrecetarte. Inquietud por una enfermedad que no sabes si es imaginaria, o si, simplemente, es. Pero está esa inquietud, esa dispersión entre la dispersión, te cuesta leer al Nobel ruso, Ivan Bunil, 1933, El amor de Mitia, qué realistas son los rusos, cómo pasan de esa máxima de Henry James, ¡no lo digas, múestralo!, con su explicacionismo. Qué pobreza, en realidad, escribir sin hacer el esfuerzo de crear un lenguaje nuevo, un universo nuevo, y recurrir a esas cajitas conceptuales, centrípetas: «Esa felicidad sobrehumana se apoderó de Mitia que se puso en pie de un salto y se alejó a grandes zancadas».

Dispersión, incomodidad rara, no invitada, intrusa, la rusa intrusa. Un regusto a abulia veraniega, un echar de menos ciertas euforias. Es el duelo por el yo muerto. Ese yo mediano, demasiado comprometido con su causa, con sus afanes, vanidades, ambiciones, egocentrías. Estridente a ratos, sin pulir, escopeta de feria en manos de un borracho. Descanse en paz. Quien no muere cada cierto tiempo es quien está realmente muerto. Muramos todos.

Cristina García Rodero

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