Devolver al cajón

El escritor, o al menos el escritor contumaz, que es un poco como el no-escritor, el escritor terco, el escritor llena-cuartillas, debe asumir también el momento de devolver la novela al cajón. Quizá para sacarla más adelante, como esa otra escrita, hace casi diez años, demasiado compulsivamente, sin saber siquiera cómo se escribía de verdad. Sin haber leído lo suficiente, bien. No hay que leer mucho, hay que leer bien. El escritor, decíamos, debe reconocer que quizá esa novela sirvió simplemente para mantenerse activo, para seguir creyendo en sí mismo. Una novela que sólo valió para seguir sintiéndose escritor aunque fuera una novela demasiado imperfecta. Como Esa y Esaotra. O se le pasaron las ganas de defenderla, como si su mera presencia en el mundo lo hiciera, al mundo, un poquito más feo. Como si tuviera, el autor, más que perder que ganar. Porque quizá la escribió ese escritor que tapa al escritor que realmente es, o puede ser, empeñado en un más difícil todavía que nadie le ha pedido y que, repito, quizá sea procrastinación hacia esa salida del escritor definitivo en el que, todavía, contumacia o tesón, el tiempo lo dirá, aún tiene fe.

Microgramas de R. Walser

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