Sinnervio

Cada cinco o seis meses, mi organismo me pide una pausa y vivo un proceso de falsas gripes que, por un lado, me parecen la representación más fiel del paraíso. Ánimos aplacados por la flojera y tiempo a espuertas para disfrutar sin remordimientos de conciencia: el estado ideal para ver, desde la cama, todas esas pelis pendientes, y esas otras que te asaltan, pelis buenas, pelis malas y documentales de rockeros. La felicidad es casi total, más aún en estos días sin móvil que te una al mundo, con la excusa que te da su ausencia para no participar en tantos grupos wasaperos que requieren de cierta netiqueta y el placer de desaparecer en el ojo del huracán. Pero a partir de las 36 o 48 horas de letargo uno empieza a echar en falta el nervio habitual. Lo visualiza, en su falta, y se pregunta, me pregunto, de qué estará hecho ese nervio, esa fuerza que nos hace emprender proyectos, tener fe en los mismos, mantener en forma las ilusiones. Preparé hace un rato un gazpacho que resultó soso, sin nervio, y le añadí más sal, más vinagre, más ajo. Se vive bien, no obstante, de vacaciones del nervio, y del móvil, sabiendo, claro, que volverán. Es un nervio interno, de serie, que, a diferencia que con la sopa fría, no se corrige con aditivos.

Bruce Davidson

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