Otroyó

Escribir para un «ex yo futuro», dice Cercas que dijo Unamuno. O la autobiografía de lo que no fue. De ese sujeto en el que nos proyectamos pero que siguió recto un camino que nosotros tomamos a la izquierda, a la derecha. Es él, pero cada vez se parece menos a nosotros, como los sitios que frecuenta, en los que traba amistades, tan ajenas; apenas lo reconocemos, tan lejos, tan difuso. De eso va también la literatura autobiográfica, del que pudiste ser y, menos mal, no fuiste. Desdichados aquellos que, ya en el ocaso, no se atreven a hacer ese ejercicio de instrospección pues siguieron la línea recta, recta, rectica, cuando todas las señales, sobre todo las de la conciencia, te decían que giraras, coño, giraras. Ahora, sólo te queda tu mala bilis servida en plato frío. Y, ay, lo peor de todo es que quizá te la ganaste a pulso. El infierno, eso sí, eran los otros.

El fuego fatuo, de Louis Malle (1963)

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