El Biarritz que no era Biarritz

Victor Hugo, leo en Los senderos del mar, de María Belmonte, llegó a un Biarritz que aún era Biarritz, un Biarritz que no hemos conocido y que, si ya nos gusta el Biarritz actual, no quiero ni imaginar cómo nos gustaría aquel Biarritz que, según Victor Hugo, corría el riesgo de dejar de ser Biarritz. Como nos pasa a muchos que vivimos en Lavapiés, que tememos que el Lavapiés que hemos conocido se convierta en otro Lavapiés. Pero, ¿ha habido algún Lavapiés no mutable? ¿Qué tiene que ver el Lavapiés del que salieron, calle del Olivar, los distintos gremios navajas de Albacete en mano para cargarse a cuanto francés les saliera al paso la mañana del 2 de mayo de 1808 con el Lavapiés actual? No podemos detener la metamorfosis de nuestros lugares. O quizá sí. Yo qué sé.

«Pronto Biarritz pondrá rampas a sus dunas, escaleras a sus precipicios, kioscos sus rocas, bancos en sus grutas y pantalones a sus bañistas. Entonces Biarritz no será Biarritz», dijo VH.

Esa cosa aseptificante de precintar la belleza. Recuerdo una noche en el centro viejo de Split, en el corazón de la que fuera la residencia del emperador Diocleciano, haciendo botellón con unos croatas cuya película española favorita era sunka, sunka (Jamón, jamón). Recuerdo pensar: esto dentro de diez años será imposible. Aún podemos presumir de haber conocido lugares no del todo corrompidos.

No conocí el Biarritz de Victor Hugo, así que para mí sigue puro en mi memoria. Como aquel viaje de mayo de 2016 o aquel otro, primero e infantil, en diciembre de 1984, alojados en el lujoso Miramar, con sus botones y deportivos, y la vista a esos islotes que me parecían de ensueño. Tanto es así, que me propuse no dormir en toda la noche para aprovechar cada minuto, cada segundo, de aquella estancia. Conclusión: Biarritz no será Biarritz, pero siempre es mejor que el Biarritz por llegar.





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