Puertas que no giran

Se supone que, aunque sea muy lentamente —quizá en su momento patente algo llamado slow living, y me dedique a dar charlas, muy lentas, sobre esa idea de mi propia cosecha, oh, sí, sobre ese estilo de vida, tan saludable, sostenible y si me apuras barato—, se supone, digo, que uno avanza en la vida. Pero luego resulta que no. O que los avances no van en progresión cronológica, ni aritmética, ni mucho menos geométrica, sino que directamente sientes que retrocedes. Como cuando te llega esa corriente fría a la altura del muslo que es la no invitación. La ausencia flamante de invitaciones. Hablaba alguien el otro día del ego literario y pedía a voz en grito, digital, que le propusieran participar en antologías o lo que fuera. Un ponerse a saldo como autor. Las invitaciones. Ese momento en el que, el/la responsable de enviarte la invitación, como los otros años, decide borrar tu nombre de la base de datos o enviársela a otro que encima la merece más. Y lo que se supone que es, en la vida, carrera, como la de los políticos, con sus puertas giratorias y conferencias a doblón para mantener el moreno perpetuo, lo tuyo fuera un ir a menos, un avanzar en la insignificancia, un empequeñecerse, un proceso involutivo, un big crunch, un volver al útero materno, un desaprender, un desandar lo andado, un celebrar tus primeros escritos porque tus inicios fueron la cúspide de tu carrera.

Édouard Levé


Comentarios

  1. Cualquier cosa que te propongas, la harás bien. Demasiado talento.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario