Desgraciado

Leo un artículo de ese escritor que vive en la plaza Mayor o la plaza de la Villa, nunca recuerdo, y que siempre se queja que si hay jolgorio, bandas musicales, borrachos, coño, vente con tu amigo Reyertas a Galapagar o cómprate un ático en la torre de marfil más alta que se haya construido jamás nunca, a la que no llegue el sonido humano, la vida, que parece ser lo que te molesta. Porque leyendo ese artículo, en el que habla de la «horrorosa Semana Santa», parece que a este hombre lo que le pesa es la propia vida. Podríamos decir que, a pesar de los premios, los generosos emolumentos por un ponga aquí su firma y diga cuatro generalidades, del prestigio social y demás, es un desgraciado. Pero en sentido literal. Cuando damos las gracias, damos la gracia. Hay gente con gracia y sin gente sin gracia. Y no hablo de chistes. Para tener gracia, para ser un agraciado, lo primero es creer en la posibilidad de esa gracia. Pero él, pobre desgraciado, es más listo que todos.


Fotograma de A movie, de Bruce Conner, ahora en el Reina


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