Madrid no se acaba nunca

Recuerdo lo pequeña que se me hacía Pamplona cuando, alguna noche, después de dejar a algún amigo, a mi novia de entonces, volvía al aparcamiento subterráneo y, en no queriendo dejar de conducir, seguía un par de semáforos más y enseguida la ciudad se había terminado, y eso que vivíamos en el puritito centro, fundiéndose con esas subciudades colindantes, que si Burlada, Villaba, o esa Mendillori que se reivindicaba pamplonica, como lo hace Aravaca respecto a Madrid, sin que cuele a pesar a pesar de que así sea.

A pie pasaba parecido. En nada dabas con ese límite de lona azul que le dice a Truman que su show no da más de sí por ahí. El campo, eso sí, estaba a tiro de piedra. En Madrid, lo más a mano es el Pardo, con sus ciervos. Todo el extrarradio era un picadero para los amores fieles pero sin techos propios. Cuántos kilómetros con exceso del alcohol en sangre, por cierto, la juventud era una época de excesos; el mío fue el de comportarme con excesiva adultez, de ahí que compensara con alguna locurita que otra. 

Hoy salí a pasear y celebrar la nueva luz. Siempre quiero hacerlo y nunca lo hago y pasan los días sin disfrutar de ese juguete nuevo. Así que salí de la caverna y hasta Embajadores me pareció bonito. Llegué a una cafetería, Audrey, leí a Aramburu, me emocioné en la página 145 y tomé un cortado manchado, café que no existe pero que yo he inventado. 

Pensé en seguir hasta Legazpi y volver en metro, pero retomé el camino. Pasé de nuevo por casa de Guillermo, me gusta pasar por casas de amigos, sin que ellos le sepan. A mis espaldas, una ciudad que no termina, ese Matadero que es frontera de la periferia más barojiana, tan del gusto de una Elvira Navarro, que conviene acometer en días de ánimo elevado para que el antisíndrome Stendhal de los que nacimos burgueses no te arañe el humor. Recuerdo aquellos cumpleaños de la infancia en que me sumergía en casas que entonces juzgaba como cutres, clónicas, con su tapetito para la tele y cocinas con recipientes para los ajos y cenefas con frutas tan cálidamente agradables, ese confort tan ramploncete, y cómo volvía a casa como con un otoño nuevo, más pesado, aunque feliz por estar ya a salvo. 

No me gusta especialmente Embajadores, pero está cuesta abajo. Y cuando se acaba, sigue.



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