Clermont-Ferrand

Quiero viajar a Clermont-Ferrand, al kilómetro cero, más o menos, de Francia, que está en ese centro centrísimo y no en el gargólico París. Las ramas más altas del árbol genealógico se sitúan ahí, disipó un día mi abuelo Jean, en el verano en que empecé a conocerlo, cuatro años antes de su muerte. En Mi noche con Maud, Jean-Louis y Françoise se saben a salvo entre esa protección francesa de los sesenta. Van a contracorriente, porque les dan igual las corrientes. La propia ciudad está fuera de cualquier corriente, como la poesía, que pasa por encima de modas y  modismos, con ese lenguaje quizá más esencial, aunque por desgracia fallido por tanto rapsoda impostor. O como la religión. El ingeniero católico y la mujer receptiva a la que aborda en la calle, tras la noche con Maud, se proponen viajar al interior de sí mismos, en el interior de la Francia de interior, cuyo invierno parece que no acaba, como el nuestro, pero acaba, como vemos en la escena final y playera.


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