Antipesadilla

Soñé que, como si aquí no hubiera pasado nada, volvía a trabajar, pelillos a la mar, en ese periódico horroroso del que salí por patas quizás antes de que me echaran a mí; se me notaba el rechazo y tarde o temprano caería. Aunque superé una primera criba, en una tarde de mayo lluviosa y pesada en que se cargaron a cinco o seis. Intercedió por mí la jefa de redacción. Creo que le gustaba. Eso fue lo que me salvó. Y que era el que más horas metía. Dos meses después me fui. Al tiempo, las condiciones mejoraron. Se organizaron mejor. No era mal trabajo, si uno tenía alma de mercenario o le daba igual todo. Poco después empezó la crisis a lo bestia. Septiembre de 2008. Hice bien. Me obligué a no pasar por ciertos aros, a imponerme unos mínimos morales para mí mismo en el futuro. No todo es aferrarse a una nómina. ¿De qué te sirve ese dinero si luego no eres capaz de dormir? Yo no dormiría a gusto si trabajara en una empresa que se lucra, por ejemplo, de la creatividad de alguien cuya alma han comprado, para después querellarle y poco menos que maniatarlo. Me recuerda al famoso venceréis pero no convenceréis. 

Me gusta despertarme de esos sueños, esas antipesadillas. Dormir bien, despertar mejor.

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