Antinfluencia

Allá por 2002, 2003, leí bastante y bien; traté de formarme literariamente yo mismo porque en la carrera, para empezar porque era de cosas audiovisuales, y tampoco es que mucho que tal, así me enfrenté a varios primeros espadas sin guía alguno. Uno de ellos era Josep Pla y por mis manos pasaron Viaje en autobús o La calle estrecha, la novela más estática jamás escrita, que era también su mérito, porque en los pueblos apenas pasan cosas y leerla era un poco convertirse en aldeano y aprender a disfrutar de los matices del canto del gallo según hiele o pegue la calor. El cuaderno gris lo dejé para mejor ocasión y lo leí diez años después, a trozos, con un punto agridulce que se me confirma ahora, cuando tras releer la reedición del viaje en autobús se me caen un poco los papeles al suelo. 

Creo que es la mirada, la actitud. Sentencias de cómo tienen que ser las cosas. Pensamiento, en el fondo, de payés. ¿Que como piensa un payés? Pues no sé, pero quizá como con una resignación ante la vida, a la que pide migajillas para ir tirando, un pesimismo teórico que no es sino la constatación de una existencia tirando a gris, antirromántica, de charlas con mujeres con la boca pequeña como toda experiencia sensual, de un pedirle poco al vivir como de parroquia de martes de invierno con homilía deprisa y corriendo. De corazón mezquinillo que sin embargo se arroba ante los cipreses que tocan el cielo, un si es no es posturístico. 

Como ese retrato que hace de Madrid un tanto áspero, hablando de la ciudad como si fuera poco menos que la capital de un reino remoto y nebuloso, del que le hubieran llegado leyendas medievales e ignotas y tuviera que salir cuanto antes. 

Vamos, que poco a poco me ha ido cayendo mal, y un descubrir que si uno estrujara todas esas páginas, de ahí no saldría oro, luz, sino vinagre.

Feininger, estos días en la Fundación March

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