Alegría

He soñado con un sueño. De vez en cuando, los sueños hacen honor a su nombre. Iba vestido elegante, de negro, zapatos rutilantes y decían mi nombre. No era un ganador relativo, sino el puto ganador, sólo yo. El premio gordo. El premio literario. La alegría era fulminante y expansiva. Mi gente querida, a mi lado, se alegraba exactamente lo mismo que yo y eso me alegraba más aún que generar su envidia o recelo. Lloraban incluso, la alegría era física. No una de esas alegrías reales, pasadas por el tamiz de lo relativo, que si ya que he ganado este premio podría haber ganado ese otro, más reconocido y mejor pagado, que si bien, hay dinero, pero los impuestos. 

Me gustaría vivir algo así una vez en la vida. Una experiencia plena. Escribí, en 1999, un relato así llamado. Plena experiencia, que Gabi de Pablo publicó en su revista universitaria. Iba de un profesor de la Sorbona especializado en el diario íntimo. Cansado de experiencias adulteradas por el esto y el aquello, se ataba un grillete al cuello y se lanzaba a las aguas marrones del Sena, persiguiendo una última, quizá primera, experiencia plena. Y la logró. La experiencia plena de la supervivencia frustrada. 


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