La vecina loca

Me la encuentro al menos una vez por semana. Ella se alegra mucho y desde muy lejos empieza a saludarme. Hoy llegaba con las cuencas mojadas de lágrimas, no sé si por el frío o por que la vida le emociona. Me habló de que se había perdido pero que Dios le había indicado el camino de vuelta a casa. Yo también estaba perdido, preperdido, antes de ir a una clase de inglés en la calle del Oso y, apunto de tomar el atajo fácil de la tecnología, le he preguntado a mi vecina loca por la calle del Oso. Quería que acertara en su respuesta, porque me iba a parecer muy violento desdecir sus orientaciones y tirar por el lado de la derecha, como era mi intución, pero ella en efecto ha dicho que, sí, por la derecha y luego plaza Lavapiés, calle Caravaca y después Embajadores y calle del Oso. «Dios te bendiga», gritaba. Y yo: «¡Gracias!». Lo de Caravaca me ha sonado a delirio, a confusión con otra calle más lejana y sin ce, mas no; tras la clase de inglés me ha saltado al ojo la calle Caravaca y la ruta más precisa del mundo y a punto han estado mis cuencas de acoger su hiperestésica, milagrosa, humedad.

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