El extraño caso de Alberta Loris

Empezó muy joven en el mundo del jazz. Menor de edad, tenía que mentir cuando, tras las actuaciones, la invitaban a beber bloodymarys, su bebida favorita, ese trago «fresco, amargo y picante», como la crítica se refería a ella. Sus padres miraron con recelo su meteórica ascensión; ella sintió vértigo pero se dejó llevar por la gente del mundillo. Ganó pronto mucho dinero, nunca estudió una carrera. Los días a menudo se le hacían largos antes de los conciertos, las ciudades le parecían todas iguales, apenas salía ya del hotel, enganchada a su tableta. 

Con los años, el pozo de melancolía se hizo más grande. Quería dejarlo, pero la amargura, el picante, eran tan intensos que la frescura perdida no se echaba en falta. Alcanzó fama mundial, era la nueva Ella. Alberta Loris no quería cantar, pero conforme mayor era su pena, más subían los ceros del caché. Sus padres, el único asidero que tenía, insistían en que no abandonara ahora.

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