Retrodiario

Podría escribir un diario al revés, un retrodiario, el diario, por ejemplo, de 1990. En ese año, de hecho, empecé a escribir un diario. No era el primero, había tenido antes otros intentos. Eran esos diarios infantiles que no apuntaban vocación literaria ninguna; tenía algo lúdico, como empezar una colección de cromos. Recuerdo un diario ilustrado de mi hermano J, de uno de los viajes a Barcelona, que incluía los tickets de los restaurantes. Me acuerdo del Chicago Pizza Pie, del Tibidabo, de la Jijonenca y su tortilla de angulas, del Museo de Cera. Eran esos finales ochenta que trataban de quitarse a los ochenta de encima. 

Recuerdo haber apuntado en ese primerísimo diario una entrada del 23 de diciembre. «Vemos 'Regreso al futuro'». Eran los cines Carlos III. Si era la primera entrega, sería el año 1985. Recuerdo ese otro diario, enero de 1990, año de cambios. Dejábamos la casa del pueblo y estrenamos la de Francia. Recuerdo un paseo hasta Guéthary por la liaison cyclable y a mis padres felices a pesar del día húmedo y nublado. También había un cambio, una muda biológica, la del niño que va adoptando la capa del púber. Ese mismo año probaría las primeras colillas hurtadas a mi madre.


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