Recuerdos de Portobello

Fuimos a Londres en primavera de 1990. Quinto de EGB, aún no había cumplido once años, fui mi primer viaje en avión. Me excitaba haber salido del país (hasta entonces sólo había estado en Francia) y encontrarme en una isla, un país entero metido en una isla. 

Un domingo fuimos a Portobello Road y me interesé por esa cacharrería belicista. Compré una gorra de algún militar y unas insignias que llevaban un simbolito, como una cruz en diagonal. Mi padre, que no se solía meter en muchas cosas y menos en las políticas, torció el gesto. Mi madre, con indulgencia de madre, dijo algo así como ay, déjale. Y me dejó, y las pegué con blue tack, en la pared, porque me evocaban heroicidad, batallitas, valores, y ahí estuvieron varios años, esas esvásticas aladas, junto a carteles de camiones y de castillos del Loira, como el Chamborde. Fui un gilipollas, pero es normal serlo con diez años. Celebré más tarde que mi padre tolerara mi capricho, aunque quizá lo suyo fuera haberme explicado qué eran esas crucecitas.

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