Muere un poeta

Si ayer era Piglia y el otro día Fo y el otro día otro autor de renombre o cantautor de leyenda, hoy era un amigo de Facebook, Nacho Montoto, que contradice eso que dije un día, y es que la gente de Facebook no muere. Y cuando digo amigo debería decir contacto: sólo me sonaba de nombre y no recuerdo si interactuamos alguna vez por aquel medio. 

Sé de otro poeta, ya mayor, cuyo deceso natural intuyo, ay, pronto, e imagino un panteón digital de aquí te espero. Porque durante años ha cultivado el alterne con los parroquianos de las redes y, tras unos ochenta años de vida, hay muchos amigos, los reales, los virtuales y los virtuales reales. La gente de Facebook también se muere, como se muere también la gente que ha nacido en tu año, 1979, e inaugura en clave luctuosa el año entrante, 2017, para componer ese binomio que vemos a menudo en las placas de las calles con los personajes ilustres y desconocidos. Como el doctor Piga, cerca de donde vivo, en cuyo año de nacimiento me fijé por haber sido cien años antes que el mío. El año de Montoto es 1979 y ahora sabemos cuál fue el de su adiós. Un día antes de despedirse de esta discoteca con gente que es la vida antes de que uno haga el Houdini definitivo, se hizo un selfi en Instagram que decía: «Estamos vivos porque nos duele el corazón». 

Muere un poeta, pero también muere alguien que podías haber sido tú. 1979-2017. ¿Cuál será al año de nuestra decisiva salida de este Siroco en el que no te ponen el sello en la muñeca al salir? La muerte de los demás nos confirma en la vida, pero es un magro consuelo para el que se queda. Un consuelo obsceno en cualquier caso, que uno no debería ni escribir. Descanse en paz. 

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