La familia Fatty

Tomaron más de veinte minutos, como cuatro o cinco canciones de Leonard Cohen, para decidir qué pedir, en ese bar con aspecto de puticlub de emiratos árabes unidos (por el petróleo). Él tenía cara de Rajoy, un Rajoy inglés que canta aquello de the major that the neighbours want to be the neighbours that the neighbours wants to be the major ot the neighbours. Ella apenas cabía en la silla. Su brazo era del tamaño de un jamón Navidul y era un pliegue dentro del pliegue: un poner a prueba la gravedad o un demostrar más, si cabe, el acierto de Newton. Luego había un chicuelo que liaba pitillos y que, según mi compañero, era en realidad una exchicuela. A juzgar por los pechos que aún se adivinaban tras las camiseta de algodón tuve que darle la razón. También por esos tatuajes heraldos de una virilidad nueva que a todas luces se encargaba de poner en práctica, con giros de incipiente desprecio en el habla, como si le cansara usar la lengua, cosa como muy de hombres. Había una cuarta persona, que me daba la espalda, y esa me pareció su condición vital. Un hombre que vivía de espaldas, que daba la espalda al mundo, que una vez, la única vez, hizo el amor de espaldas. 

La mesa era para cuatro. Después de la media hora larga de estudio de la comanda, esperaron el maná. La señora Fatty, viendo que ahí no había mucho que hacer hasta entonces, levantó su monumental figura para ir al baño, donde ojearía las ofertas de Marks & Spencer de comida india. El hombre que daba la espalda al mundo miraba los resultados de la Premier en su móvil coreano. La chica que quería ser chico repasaba mentalmente la rutina de su tratamiento hormonal. El Rajoy inglés aguantaba con una media sonrisa milagrosa. 

La comida tardaba demasiado en llegar, así que pidieron a la camarera una mesa extra, para mitigar la tensión chejoviana que flotaba entre las copas de agua mineral. A veces, Rajoy murmuraba algo y la señora Fatty asentía o añadía unos gajos de palabras. 

No sé si disfrutaron de la comida y si a los postres celebraron estar unidos y vivos y tener ilusiones como comprarse un nuevo taladro. Yo vi una familia muerta, personajes de Amenábar, catalépsicos escapados de alguna celebración de Halloween condenados a vagar por las distintas ciudades turísticas españolas y del mundo, Bernardos Voraces que intentan, sin éxito, suicidarse uno y otro día y se conforman con su vida de muertos, como exangüe mal menor hasta que llegue por fin la hora.

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