Héroe involuntario

Bajo a la calle con mi inmutabilidad habitual y me encuentro una escena de acción inesperada. Un tipo alto, desgarbado, negro, con aspecto de llevar mala vida y un jersey ripioso, se enfrenta a una mujer de unos cincuenta, con mejor aspecto, cosa en la que reparo luego. Porque hay que inmiscuirse sí o sí. Sin entrar en análisis cartesianos a lo Sheldon Cooper. El agresor le escupe a la cara. Aunque no sale nada, pero escupe. 
Pienso en una bronca de pareja, aunque la pareja parece demasiado exótica y eso que estamos en Lavapiés. Imagino una yonki que a su vez le pega codazos, pero no. El tipo sigue escupiendo y no me queda otra que parar aquello. Pienso también en grabaciones acusatorias: ¡El vecino pasó de largo!

Hay que hacer algo y asoma como una épica antigua, de capa y espada, y me pongo enmedio esperando ese porrazo que tenía que caer ya. Sí, una nariz rota para toda la vida, una fealdad inesperada, a lo Miguel Ángel, por estar en el lugar equivocado en el momento erróneo. 

Pero el abusador callejero resulta ser un tirillas que no me planta cara en ningún momento. Tampoco me crezco pero lo medio arrojo, porque no pesa mucho, en el hueco de dos coches y se larga rumiando escupitajos subsaharianos. Soy un héroe, sin yo quererlo, sí yo. Los viandantes me miran con orgullo. 

La señora me cuenta que son personas que quieren entrar en el bloque a la fuerza, con no buenas intenciones. Están hartas, pero no se irán del barrio, por algo son propietarios y pagan su hipoteca. Yo debo de vivir en una torre de marfil, le digo, porque ni me había enterado de estos ataques ni nunca he tenido problemas. 

Celebro que no me hayan partido la napia. Vivo a gusto en mi Lavapiés de algodón. 

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