En la muerte de Cohen

Un plátano amarillo sobre fondo gris. Recuerdo ver la casette en un escaparete del Eixample, cuando íbamos mucho a Barcelona y todo era abundancia, de felicidad también. La compramos. La escucharíamos mil veces en el Alfa. Por aquel entonces, finales de los ochenta, sólo me gustaba Franco Battiato. Había descubierto que la música, como los polos de Frigo, también te podía gustar. Un alimento extraño. Con 'Yo quiero verte danzar', primero en la radio y quizá después en 'Tocata', con ese fondo de violines, descubrí que había otras hambres que saciar. Descubrí, con siete años, la espiritualidad. 

Cohen vino luego a confirmar eso, con ese disco gris, con un detalle amarillo. 'I'm Your Man'. Y Cohen fue mi hombre, y luego ha sido el de otros muchos. Nos gustan los músicos para nosotros y quizá fue mío cuando no tantos lo conocían o fue mío antes que en otros. La propiedad de la belleza es legítima. Machaqué aquella casette que aún conservo sin celo en San Juan de Luz. 'Jazz Police' me daba miedo. 'First We Take Manhattan' era mi favorita. 'There's No Cure For Love'. 'Every Body Knows'. 'I Can't Forget', 'Take This Waltz'. La que menos me gustaba, precisamente, era 'I'm Your Man'. Y 'Tower of Song'.

Recuerdo también un concierto que grabamos aún en Beta en el Victoria Eugenia y una presentadora con chaqueta de cuero. Tener cerca a Cohen era un honor. 

Recuerdo hacer bromas por teléfono simulando un concurso de la tele. Había que adivinar quién se escondía tras su canción. Tenía algo de viejo verde, apostado con dos hembronas a su lado y con ese micrófono viejo. Quizá ese fue el mejor Leonard Cohen, el de los ochenta, década por lo demás peliaguda. Luego compré sus cedés, 'The Future', 'Ten New Songs'. Fuimos a verlo, qué nervios, a Benicassim, año 2008. Después, en el Palacio de los Deportes de Madrid. Tres horas. En aquel concierto coincidí con Íñigo y aquel encuentro depararía cosas buenas. Pequeñas grietas por las que entra la luz. 

Creo que Cohen ha muerto como quien apaga la luz. Excuse for not dying, dijo en uno de los conciertos de Londres que ahora, como sus últimos discos, tienen algo de canto del cisne. Ha muerto con elegancia. Una muerte sincerely L. Cohen. Lo quería más oscuro y ahora se baña en esa negrura por la que, insisto, siempre hay una grieta por la que se cuela la luz. 

De hecho, el plátano no era amarillo.





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