Elogio del sábado noche de otoño/invierno

La ascensión hacia la noche del sábado noche tiene algo de cuchilla, esa estrechez en la ascensión del Chimborazo, como la llamaron los españoles, y por la que se adentró un Humboldt hasta las cejas de cachivaches. Sus porteadores se plantaron y él dijo, vale, yo también.

Hay algo de temerario en esa ascensión por la noche del sábado. Aspira a ser uno de mis momentos preferidos de la semana, como el martes por la noche, badén de lo social en el que uno parece como esconderse: nadie le pide nada a un martes por la noche. A la del sábado, sí. Un remanso de horas, que antes es posible que mirara con respeto, casi con miedo, que se impregnan de una extraña felicidad, puesto que llegan como reverso de la melancolía. Todo cobra un valor nuevo, una nitidez como de Antonio López, en ese puñado de horas en las que Madrid se ha vuelto loco y hay que aferrarse también a la cuerda de la corduda para no caer, y eso también aporta un valor épico a esa noche, a esas pocas horas, que luego masticamos ya en la cama, con esa nostalgia, que es la tristeza de quien ha vivido, de arrancar otro sábado del calendario. 

Por supuesto, esto se aplica solo al otoño/invierno, el tiempo que nos sirve para valorar la vida, mientras que el resto del año se inventó para vivirla. Es, por eso, el mejor tiempo para escribir, como tú bien sabes.

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