Pepe

Hay personas a las que sólo conoces un día. Te las presentan y piensas que las volverás a ver, o que quizá no, pero por los azares del destino o por los caprichos de la geografía. No te planteas que un golpe de muerte le haya caído un día de septiembre en el Camino de Santiago. El único día en que lo viste, en que lo conociste, en que lo llegaste a apreciar, te invitó a Gran Canaria: no lo decía por quedar bien, se notaba que le hacía ilusión que fueras, hacerte de cicerone en una de las islas grandes, en la que vivía como exiliado voluntario de Barcelona. 

Admiraste su prudencia, algo no tan habitual en quienes rondan ya la jubilación y no tienen tiempo para que hablen otros. Nos dejó hablar, contarnos nuestras confidencias en esa larga sobremesa de Fuerteventura. Respetó nuestro derecho a la lágrima fácil de recuerdos que se liberan como el mosquito del ámbar y que el licor de hierbas y el sol majorero con vistas a la bahía de Lobos intensificaron. 

Vimos el Real Madrid - Barça en un bar colombiano. Santi nos invitó a varias rondas, con esas empanadillas tan grasientas como adictivas. Cerveza, vino, fútbol, la primavera que daba sus primeros pasos. Ganó el Madrid. Fuimos felices esa tarde, y también por la noche, en el italiano donde nunca pedimos de carta porque eso es cosa de turistas y nosotros éramos y somos lo contrario. Pepe estaba algo cansado. Quizá nos mostró, sin darnos cuenta, síntomas de algo latente y letal que arrastraba sin él darse tampoco cuenta. 

Hay una foto en que salimos los tres, como de fiesta a pesar de la brecha generacional, que ya no es tanta porque estamos todos en el mismo saco, el de aprovechar los días que nos queden. No llegué a conocerlo, pero creo que logró vivir feliz. Ese día, al menos, lo fuimos. Me alegró conocerte, Pepe. Descansa en paz.

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