15.8.16

15 de agosto

Siempre ha tenido algo de melancólico, de hondanada en el verano que no sólo se resiste a terminar sino que se encuentra en su traca final, antes de la petite morte de septiembre, cada vez más larga en general. 15 de agosto. La mayoría de las terrazas de Madrid están de vacaciones, con sus mesas metálicas replegadas, condenadas al ostracismo de no desarrollar su función. La Gran Vía, con su desfile de turistas y cafeterías abiertas, mitiga la contundencia del agosto en su ecuador. He comido muchos 15 de agosto en Madrid, digiriendo su peso de plomo caliente. Recuerdo uno, año 2012, en que acudí a unos de esos barrios neoliberales para una entrevista de trabajo tan neocón tacón maricón que se nos citaba en tan festivo y señalado día. El trabajo consistía en entrevistar a capitostes de países bananeros y luego chantajearles para que dichas entrevistas, siempre mostrando el lado bueno, se publicaran en prestigiosos diarios británicos, en las páginas de publicidad. Con tal de saciar su megalomanía llegaban a pagar millones de euros por esos impactos. 

Todos los 15 de agosto me acuerdo de quien ya no está. Y de los días en que aún estaba. Siempre hay un último cumpleaños, un último algo, un último tango en París. Pero no son tan últimos, queramos o no, porque cada 15 de agosto te sigo recordando en los buenos 15 de agosto, como aquel, el último, en que instalamos una diana electrónica en aquella casa que tampoco existe. Muchos años antes, en el jardín de la casa del pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, colgamos una canasta de baloncesto en la pared. Aunque a menudo parecía que no estabas, en realidad sí estabas, como ahora, como cada 15 de agosto.

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