Todos somos Nogueroll

Paco Bescós presenta en ‘El costado derecho’ un adictivo cruce entre la novela de género y una literatura más honda y íntima con la derrota personal como ambicioso tema de fondo


‘El costado derecho’ es la novela número 79 de la editorial Salto de Página, publicada en la primavera de 2016. Es un libro escrito por un amigo, pero cuando leo a un amigo suelo olvidarme pronto que es un amigo. Lo que cuenta es lo que lees, sobre todo cuando no es un libro de corte autobiográfico, aunque puede estar motivado por ocultos resortes, paranoias, fantasías, miedo, con los que el autor juega. Digamos que puede haber una literatura autobiográfica no de la memoria sino del porvenir, de la fantasía, en el sentido menos infantil del término. La posibilidad de que lo logrado con esfuerzo hasta ahora se desmontara cual castillo de naipes por una conspiración del azar o de lo que fuera, hasta robarte lo más sagrado: la dignidad y un riñón.

Eso es lo que más me ha interesado, entre otras cosas, de ‘El costado derecho’, un libro que quizá no me habría lanzado a leer de no ser por la amistad que me une con Paco. Mi lector más puro, ese que entronca con el lector adolescente, murió hace tiempo y me cuesta moverme con naturalidad por las latitudes de la ficción en el sentido clásico. Porque en ‘El costado derecho’ nos encontramos con unas preocupaciones pegadas a la fibra sensible, humana, de un hombre que asiste al derrumbe no ya de su zona de confort, sino de sus conquistas personales, de su vida, pero también a una trama detectivesca al uso. Me planteo si ese híbrido entre la ‘literary fiction’ y la novela más de género es un acierto o una arriesgada tierra de nadie. En cualquier caso, es la apuesta de Paco y funciona, aunque nos queda preguntarnos si podría tener más pegada volviendo a la pureza de los géneros.

Inserto en cierta literatura anglosajona que busca la eficiencia narrativa, Paco también es eficaz pero a la vez se rebela contra el estilo plano y cuela insertos de calidad literaria que el lector agradece, como cuando habla de un terrible atasco en la calle Velázquez,
«esos que sólo son posibles los lunes de septiembre». Hay hechuras de gran escritor en Bescós en esos brillos de estilo, como cuando en su celebrado estreno literario, ‘El baile de los peninentes’, hablaba del coito de dos yonkis como el choque violento y áspero de las astas de dos ciervos. Por otra parte, en la línea de ciertos autores de género negro como Marcelo Luján y su también celebrada ‘Subsuelo’, hay un amor por el detalle que en ocasiones he juzgado excesivo. Y así como el autor me ha reñido con cariño por la brevedad de mis libros, creo que algunas páginas se podrían haber recortado ligeramente. Es un amor por la precisión que en ocasiones resulta evocadora y rica, pero en otras deja poco margen al lector para que ponga algo de su parte. Y no me refiero a grandes parrafadas, sino a detalles como: «Cuando terminó su discurso, Gonzom seguía sentado en el sofá con las manos sobre la rodilla».

¿Es necesario que el lector sepa de qué modo tenía Gonzom las manos en ese momento?


Por supuesto, digo esto para picar a Paco y para evitar la reseña panegírica excesivamente amiguil.

El toque Bescós

Dicho esto, tiene Paco Bescós una mirada, entre ácida pero no exenta de ternura, que ya demostró en su adictiva ‘El baile de los penitentes’, que hace que uno quiera seguir leyendo página tras página y que podríamos llamar ‘el toque Bescós’. Como si dejar la lectura supusiera perderse algo. A unos nombres algo ‘ibañezescos’ (Galindo, Fontanales, Ginés Villa) que parecen indicar una parodia de las novelas negras españolas se le unen personajes muy atractivos, como Gonzom, el friki conspiranoico que encontrará las causas de su desidia vital en una operación de la NASA o de la CIA antes de mirarse en el espejo y los apologistas de las energías, los chakras y las glándulas pineales que reciben su buena parte de estopa literaria, con una escena impagable, la de Xana y sus falsos intentos de seducción, que me recordó a las escenas más cómicas de nada menos que El Quijote.

Por otra parte, el personaje de Ángela, su falta de consideración, sus pocos escrúpulos para orillar a quien es el padre de su hijo, es un valiente retrato de un tipo de mujer capaz de todo con tal de salirse con la suya, aunque para ello tenga que demacrar vitalmente a quien hasta entonces había sido su marido, su aliado.

Toda la arquitectura narrativa que se va urdiendo en torno a ese hecho malogrado (a Carlos Nogueroll le quitaron un riñón por una negligencia médica) es todo un prodigio de oficio, con sus distintos personajes al servicio de una trama que, si bien al principio tarda algo en arrancar, adopta un ritmo mucho más jugoso hacia el final. Sobre todo, cuando dejamos, precisamente, de interesarnos por la trama y más por ese descenso a los infiernos del propio Nogueroll, personaje con quien es imposible no empatizar, y que tiene mucho de nosotros mismos. De hecho, el manuscrito en el que estoy trabajando tiene mucho de Carlos Nogueroll, de ese ser abocado a un hundimiento progresivo, amenaza que muchos tenemos soplándonos el cogote y que puesta en los papeles resulta bien atractiva y un tema literario de primera. De alguna manera, todos somos Nogueroll y Paco Bescós lo sabe.










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