Parque del Oeste

Han pasado siete años, casi sin darme cuenta. Toda mi treintañerez, realmente, de la que ahora me resta sólo un tiempo añadido, la recta final, el tercer acto. Acudía algunas tardes, finales de junio, parque del Oeste, el verano por delante, con un libro de Thomas Bernhard, 'Relatos autobiográficos', apurando una ociosidad que sabía un bien preciado de fecha finita. No lo fue tanto; en esta treintañerez me ha sobrado tiempo, no sé si siempre lo he aprovechado del todo. Sólo sé que pasa rápido. 

Empezaba a correr, alentado por mi hermano, por ese mismo parque del Oeste. Escuchaba obsesivamente a los Fleet Foxes, en un iPod negro y estrechito que aún sobrevive hoy: sus creadores no contaban con una obsolescencia programada mayor, la del tiempo y sus modas, marcadas por el desarrollo tecnológico que pronto convertiría a esos aparatitos en insólitas antiguallas. 

Quizá nos pase como a esos iPod, tan de su tiempo, tan con toda la vida por delante, hasta que de pronto llega alguien, algo, la vida, por el exterior, y te deja clavado en tu sitio. Hay un libro de Eloy Tizón de título sugerente: La velocidad de los jardines. 

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