Canales

En el metro de Callao vi a una chica en silla de ruedas vacilando ante la puerta de plástico transparente que hay que atravesar para salir y le ofrecí mi ayuda. No era una ayuda de esas paternalistas o prescindibles, sino una ayuda real y necesaria, porque no llegaba para introducir el abono transporte y abrir la dichosa portezuela. Realicé la donación de ayuda de un modo ágil, entre aséptico y humano. Sin ese exceso de amabilidad del que imagino las personas con alguna discapacidad están hartas. Me sentí bien. Como cuando uno hace al amor, se ríe, lee una cita que le hace pensar o disfruta una exposición de fotografía con su novia. Luego me sentí peor al comprobar cuán pocas veces alguien reclama mi ayuda, nuestra ayuda, un día cualquiera. ¿A dónde va todo esa generosidad no canalizada?