Mañanas de sábado

La mayoría de las mañanas de sábado de mi ya no tan corta vida las he pasado dormido. No existen. Recuerdo las mañanas de sábado de finales de ochenta, cuando los preparativos de la primera comunión. Hacía sol en la Pamplona hasta entonces nublada y caminaba mayo hasta la iglesia fortaleza de San Nicolás. Allí cantábamos y hacíamos las cosas propias de los cristianos buenos y yo me sentía feliz, imbuido de una protección mística que hoy todavía me acompaña, aunque traté de matarla con la efervescencia de la razón, esa matemática turbadora, cuando la adolescencia.  

Recuerdo también las mañanas de resaca extrema de alcoholes y tabacuces veinteañeros de la universidad y la asistencia, en condiciones piltrajosas, a las clases de Algis. Cuatro horas de ejercicios de improvisación teatral que al principio venían acompañadas del aliento del infierno. Luego tomábamos café de máquina y nos volcábamos con nuestros primeros cigarrillos y volvía esa felicidad de mayo y parroquia, que tiene que ver con la creencia en algo que te supera y es bueno. Entonces era el teatro, el arte, la literatura, la filosofía. 

No ha muerto tampoco ese estudiante optimista, aunque a veces tengo levantarme los sábados por la mañana para que aflore. 

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