7.5.16

Regreso a El Paleto

Días, breves, en Sainz de Baranda, como estuve también, un mes breve de marzo, en el año 2003, en la misma calle, de aromas sanitarios, de estructuras fascistas, transicionales y cuadradas como sus mentes, de calles con sabor a esa España demasiado seria con padres trajeados que hablan a sus hijas niñitas como si fueran treintañeras y pisos con portero. Ganas de volver a mi epicentro. 

Caigo en El Paleto y me siento en la misma banqueta en que lo hiciera una tarde de 2003. Tenía tu edad ahora, 23, y leía como un poseso. Aprendí entonces que la única manera de aprender, la mejor, la más directa, era por uno mismo. Quizá de la mano de otros, pero sin la soledad y la inmersión en esas lecturas que entonces practicaba con bulimia cultural, no había nada que hacer. Era feliz en mi cuartito con goteras aunque tenía miedo, la angustia de la gran ciudad; leía dos o tres periódicos al día en cafeterías cutres y un día encontré consuelo al enterarme de que Vargas Llosa había escrito su primera novela en los remotos años cincuenta (finales) en una zona tan poco literaria como la mía, en su piso de Menéndez Pelayo. Su soledad, al margen de patricias, debía de ser más grande que la mía. Quizá por ello, su inmersión en la causa literaria, su militancia, su entrega, más radical.

En aquel 2003 tenía avanzada mi primera nivola que por supuesto juzgaba genialoide y distinta a todo. No había aprendido aún que un artista tiene que ser ante todo humilde para aceptar que, como mucho, logrará seguir la tradición y, en el mejor de los casos, aportar dentro de ese hilo de siglos algo innovador. Yo quería saltarme de golpe y porrazo todo eso y ponerme el primero de la fila. Fracasé, como dicen los malos periodistas, claro. Pero seguí perseverando y no pasó demasiado tiempo hasta que recogí mis primeros frutos, suficientes para ir colmando la avidez del monstruito de mi vanidad, pero también de mis inquietudes, de lo que yo juzgaba que podía hacer, ser. Y al final se trata de eso. 

Ayer en El Paleto, en la misma silla, sentí la ciudad menos hostil y mi posición en el mundo menos trémula. Pocas horas después tenía concertada una entrevista en la radio; de alguna manera no había fracasado, como diría un periodista mediocre, y solo por ello me di con un canto en los dientes. A mí regreso a El Paleto, seguía teniendo intactas las ilusiones y eso, pensé, era todo menos una paletada.

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