Rutina

Paso junto a un instituto y fisgo por las ventanas. A pesar de que siempre vi el cole como una especie de cárcel con permisos, los colegios e institutos me producen nostalgia. Cada año que pasa uno pierde inocencia, y entonces aún nos quedaba mucho de eso, por mucho que nos hiciéramos los malotes. Paso junto al instituto y pienso en la rutina, como en el fondo me gusta; la mía, que es parecida en cierta manera a la del colegio, una combinación moderada entre estímulos y vida más sosegada. Me pregunto entonces si es buena la rutina y si, de mayores, la buscamos en cierta manera porque nos recuerda al molde mental que nos marcaron durante los años escolares. ¿Cómo vive la gente que no tiene rutina? ¿Cómo viven las estrellas del rock? ¿Y si lo aconsejable fuera, precisamente, evitar esa rutina y cambiar cada año de ciudad, de clase, de amigos, para forzar una resiliencia que fuera el mayor logro educativo? ¿Debería ser la educación una suerte de Esparta, como la de los protagonistas de 'El gran cuaderno', de Agota Kristof? Supongo que la educación debería ir determinada con el tipo de felicidad que se persigue, pero intuyo que si algo está verde es responder a ese tipo de preguntas, en una sociedad que sobrevive pero que todavía no propone fórmulas para vivir, al margen de los ingresos. Quizá en el siglo XXIV se encaren con seriedad estas cuestiones, en un pueblecito de Finlandia.

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