Montelongo

Dicen que tanto el escritor como el periodista tienen una curiosidad inagotable por todo. La pancuriosidad. Pues yo no debe de ser ni una cosa ni la otra. En mi estancia en Lanzarote, no me ha interesado la política local. No he sabido a ciencia cierta quién era el alcalde, que acaba de dimitir, y al que aún no pongo cara, como Albert Pla con Fonollosa. No he entrado en los periódicos de aquí, quizá por ser sólo digitales, la política ha sobrevolado mi cabeza como una uve de aves migratorias. ¿Derecho a no saber? Quizá preferí no vincularme más de la cuenta, conservar mi condición de visitante de paso. Estaba el riesgo, siempre está, de quedarse. Quizá por eso mi falta de curiosidad: un descuido, secretamente deliberado, antirraigambre. Y ha funcionado. Vuelvo entero a la península. Con varias adendas: como entender que hay península, pero también islas. ¿Las olvidaré desde el centro de la España vacía? No. 

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