La tabla

Estuve a punto de mandar aquel mail bomba y no lo hice. Amenazaba con contar el mal trato recibido: dos meses para cobrar una colaboración. Así que, esta mañana, cuando he visto de nuevo vida en mi cuenta corriente, me he alegrado sobremanera de no haberlo hecho. Los que vamos siempre al límite disfrutamos lo indecible con esas pequeñas sorpresas: el dinero nos da la felicidad (que su falta nos quita). Quizá por eso nos mantenemos siempre en el filo, presos del refuerzo interminente como los ludópatas a las lucecitas de las tragaperras. 

Había comprado una lechuga canaria y un tomate en la plaza que pensaba acompañar con unas pechugas de pollo frito industriales, baratas y seguramente cancerígenas, pero he decidido que, en mi último día en la isla, habría fiesta. Me he comprado un libro y me he pedido una fajita de pollo en La Miñoca. Y tres 1906, quizá la mejor cerveza nacional que te puedes meter entre pecho y espalda. 

Algo mareado, con el cerebro inutilizado para lectura, me he ido, feliz, paseando hasta la Marina. Tenía mucha energía dentro de mí, estos días duermo demasiado, tengo superávit de salud. No quería sentarme a tomar ningún café, así que he seguido caminando hasta un muro de piedra que rodeaba lo que debía ser, al otro lado, el mar. He subido no sin esfuerzo los dos metros, con la lechuga y el tomate aún en mi bolsa de plástico. Ante mí se ha desplegado no sólo el mar, sino una alfombra de hermosas rocas quizá volcánicas, colocadas entre sí como dientes medievales. Había peligro de caerse por una de esas oquedades y no contarlo nunca, como el hermano de R., según cuento en el libro. Para variar, como en mi última excursión a la asilvestrada Isla del Amor, no tenía batería en el móvil. 

Pero aparte de las impecables rocas y el mar azul falange española y de las jons, me ha llamado la atención una tabla. Una tabla de verdad, un tablón, ya ligero y seco, estrecho, del color del helado de avellana, perfectamente encajado entre los huecos de dos rocas como rocas de carbón de mentira e infantil. Me he sentado, claro: estaba puesta para mí. 

Después, he tirado la lechuga al mar y ha aparecido una gaviota. Ha danzado sobre el agua combatiendo contra el viento, dudando, pero finalmente ha seguido su marcha. Luego le he dado un mordisco al tomate, he sorbido la simiente, y lo he tirado con fuerza hacia el mar. Puntito rojo sobre el gran azul. 

He sentido un cierto miedo racional: no quería acabar mi retiro canario encajado entre ese rocódromo natural. Pero no tenía nada que temer. Ya en el puerto, he visto un barco llamado Daydream y he recordado un aforismo que dice que la vida es una ficción basada en hechos reales. Es posible. Lo que no tengo claro es si somos los autores de esa ficción o meros personajes al servicio de las ocurrencias de un ser superior y paranormal. Al ver esa tabla, tan solitaria, tan perfecta, tan oportuna, he querido pensar, siguiendo con mi propia ficción, en lo primero. Y que en nuestra mano está dar forma a esas ficción, cuyos materiales nos salen al paso con descarada frecuencia. 

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