Libros malos

Descubrir de pronto una fuente de extraño placer, casi cercano al del vicio, al leer un libro de un autor que jamás ganaría un Nobel, ni se citaría en 'Babelia' y sí en cambio en un 'QuéLeer', y cuyos ejemplares se expondrían en las librerías de aeropuerto y que yo miraría con desdén, como siempre, hasta descubrir que no sólo estaba equivocado, sino que había dejado de prestar atención a una fuente inagotable de dicha, y que de pronto todo lo construido hasta ahora, de trabajo y proyección, se tambaleara, tambaleando con ello también mi propia identidad, para abrazar a otro yo, quizá más descafeinado, mainstream, menos glamuroso en sus destellos, pero quizá más convencionalmente feliz.

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