La fuente

Tenía previsto escribir tres líneas sobre la posibilidad de vivir el hecho religioso de un modo más puro que quienes lo viven con arreglo a las normas y aparataje externo. Como si eso en realidad no fuera sino un boato, un folclore, un nazareno, un capirote, un paso que pudiera servir para, yo que sé, recordar de qué va la cosa, pero no tuviera, en realidad, nada de religioso. Sin embargo, hay algo en estos días que me conecta con lo que, leo a un tal Carlos Sisí, se podría llamar La Fuente, y que sería la semilla de todo, al margen de la interpretación, por lo demás tosca, manoseada, del mensaje o idea primigenia que se esconde detrás de cierto misterio que a veces es posible tocar con los dedos.

Habla Sisí, vaya nombre, sobre el proceso de escritura de su libro, 'Alma', y cómo fue descubriendo cosas conforme se adentraba en él. "Las cosas ocurrían a mi alrededor, se sincronizaban para hacerse posibles y daba con la gente adecuada casi por azar en el momento en el que alguna parte del puzle se volvía necesaria". 

Me gusta pensar en esa fuente, en ese mensaje de "amor incondicional, absoluto, puro". Y lo dice citando al doctor Eben Alexander, que volvió a la vida tras siete días de muerte cerebral, y volcó sus experiencias en el libro 'La prueba del cielo'. 

Dice el autor que no pretende convencer a nadie con la novela (el primero convencido, o sorprendido, fue él). Que se puede leer como lo que es, una novela de acción y misterio en la que pasan cosas. Pero que hay quien la ha leído y se ha quedado con algo más. Yo quería escribir algo sobre esa cosa recogida de estos días y he encontrado esa sincronía. Y qué placer vivir el hecho religioso sin tener que aguantar ningún sermón.

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