Hambre

Decía el Hemingway del París de los años veinte que el hambre era el mayor aliciente para la creatividad. Puede ser. Me doy cuenta de que llevo casi sesenta mil palabras escritas bajo el hambre; un hambre voluntaria, efímera y acomodada, por supuesto, que es otro tipo de hambre pero que temo, ay, que me haya empujado a una escritura más acelerada, que es la peor de las escrituras, para así alcanzar ese momento sublime de la jornada de las palabras ya vertidas y la cena que se cuece a fuego lento con una cerveza y la radio como perfecta compañía.Un hábito que haya transido toda la novela y, otro ay, perjudicado. O todo lo contrario, quién sabe, porque el protagonista sufre una especie de hambre crónica, de libertad, en su caso.

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