4.2.16

Vida de Pepín

Fue el amigo de los artistas, pero había un artista en él. Un ágrafo, un pintor sin pinceles. Si no, no se entiende que fuera capaz de vivir quince años sin casi salir de casa, en la soledad absoluta de Burgos. El primer hikikomori. Español y en pleno franquismo. Sin tecnologías. Con zapatillas de andar por casa. La mayoría de los abuelos de esa época lo eran, por otra parte. Viudas que no salían de casa. Abuelos enganchados al transistor los domingos como toda emoción. 

Pienso en ese Pepín Bello náufrago de sí mismo, exiliado interior de una sociedad que, muertos o exiliados o ya demasiado estrellas, sus amigos, no encontró mucha razón para vivir. Montó una peletería y un autocine que fueron un fiasco, así que se refugió en una vida austera, en un sobrevivir en clave baja donde quizá encontrar una paz que la noria de la vida le negaba.

La idea de vivir retirado dentro de tu propia ciudad. No en Burgos, sino en un epicentro social como puede ser Madrid. Y mentir sobre tu geolocalización. Finisterre. Y aparecer por sorpresa para ver a tal ser querido. Y que esa sorpresa sea bien recibida. Y cortar con la dinámica del compromiso. Aduciendo tu vida retirada, no se te echaría en cara tu ausencia, el flagrante egoísmo de no poder contar contigo. Una especie de Alexander Selkirk dentro del mundo. Aquí me quedo: en el centro de todo. Un Thoreau en la city recibido con jacarandas cada vez que, él y sólo él, decidiera bajar de la montaña.


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