Salud

Sí, amigos, aquel día Herbert se levantó con la pereza y morosidad habitual, pero luego salió a la calle, se tomé un café «claro», como llamó la camarera a esa bebida no muy cargada, y más tarde hizo una gestión que juzgó positiva. Por la tarde, se dio cuenta de que no sólo estaba en plena forma, sino que no le dolía nada. Ni en los huesos ni el alma. Lo apuntó en su diario, en aquel cuaderno en que anotaba los sucesos extraordinarios, mientras una leve cefalea le asomaba por el costado izquierdo.

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