La soledad de las tiendas de chinos

Hoy no ha estado mal el día. Son casi las nueve y por fin puedo dedicarme a la novela que vine a escribir aquí, que supera ya la barrera psicológica de las 40.000 palabras. Antes, corregir ejercicios del Tayer, ir de administraciones para ver si sale un curso presencial que promuevo por aquí, y que por cuestiones de desidia burocrática está estancado, y redacción de esos artículos ganapán que, algo es algo, al menos me son pagados religiosamente. Cuando sea mayor, me gustaría luchar por una cosa: que al periodista se le pague en cuanto entrega el artículo. O por artículos entregados tal mes. No por esa caprichosa regla de la publicación, a la que siguen plazos de espera tan o más caprichosos, siempre morosos en contra del periodista, claro. Tengo un amigo que publicó un artículo en 'El Estado Mental' en noviembre y aún no lo ha cobrado. Dicen que los pagan de tres en tres, pero si sólo publicas uno la banca siempre gana. Yo publiqué dos y tampoco he cobrado nada; aunque uno era un artículo polémico y feo, y no tuve ganas de reclamarlo. Medió hasta el sh***** de Cos**da. Y ojo con poner entero su nombre. Puro al canto.

Total que el cerebro se cansa, claro, porque antes de escribir mis palabras más inspiradas he escrito unas 3000 menos inspiradas o más laboriles. Pero debo cumplir con las mil que supone la satisfacción creativa, el efímero descanso del guerrero. Creo que me abriré una cerveza de trigo, sí.

Se sienta uno entonces a lo suyo y cae en la cuenta de que el blog estaba desatendido. Viene bien para tocar balón, para desperezar los dedos y para reactivar el cerebro tras esa siesta que he tenido que echar si quería tener la cabeza fértil. Creo que me ha venido bien, porque me noto logorreíco; posponiendo, también, ese momento, el de retomar el proyecto, que genera entre respeto y placer. Siempre está ese acojono de asumir que lo que uno creía válido era una suma de despropósitos que no juzgó como tales por una cuestión de mera supervivencia (creativa).

Así que me voy a dejar de rodeos y de las soledad de las tiendas de chinos, una tarde de febrero en Arrecife, ya escribiré otro día.

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