Febrero

Febrero es el mes más normal del año, un mes aséptico, como de administración pública, un mes cuadriculado como el pelo de Suárez, un mes largo, a pesar de ser corto, como 'Seda', de Baricco, un mes al que no le pillo, y llevo años intentándolo, la gracia. A veces, el mero perderse en su normalidad de provincias, en su espíritu de centro comercial de los ochenta, frío y bien alineado, pero bah. Es un mes alemán. Un mes deprimente. La única forma de vivirlo como debería sería en un pueblo. Es un mes rural. Un mes de chimenea y cocina de casa de pueblo. En febrero, nos fijamos en el ultramarinos que se ofrece como reserva no ya espiritual pero sí de un leve consumismo que nos consuela en la austeridad del campo. Y en el calendario de la cocina, con el chorizo colgando cerca; seguramente esté atrasado, ese anaquel almanaque, que dicen los que escriben bien, porque en los pueblos el tiempo va a otro ritmo, a veces hacia atrás. En el pueblo, febrero toma conciencia, vemos su identidad, que es la de un funeral al revés. Las dilataciones de la madre tierra que pronto parirá a la esperada primavera. Y eso, en la ciudad, o en estas islas de clima arrealista, no se aprecia.

Comentarios

  1. ¿no querías decir almanaque en lugar de anaquel?

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  2. Y por qué regreso a casa, por estas calles que me alejan del que fue mi centro y parecen abrirse como nuevas arterias y espacios que descubrir, vengo absorta, pensando en febrero, en esta última semana que no es la última por esa cojera que es el 29, lunes... Y vengo pensando eso: febrero siempre es transición. Y me encuentro con esto.

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