España negra

Hay días en que uno ve la botella medio vacía y la España que le rodea una piel de toro oscura en la que no hay sitio para él. Porque en Galicia y Asturias le parecen pobres, incultos, que votan al PP o que viven de los subsidios exagerados de unas políticas sindicales desquiciadamente protectoras; en Cantabria porque también intuye cierto provincianismo clasista y en Santander no hay casco viejo porque se quemó y mira que es mala suerte; el paseo Vereda, o Pereda, un domingo por la tarde de enero puede darte un bajón considerable; en el País Vasco porque llueve demasiado y hay una serie de sofisticaciones sociopolíticas que pueden resultar tan cansinas como para que un artista como Oteiza, más complejo aún que todo esa madeja ilustrada, o no, done todo su legado a la vecina Navarra; en Navarra, por ese clima que arruga las narices y genera ganas de suicidarte no ya en primavera, que es delito, sino en el viento de septiembre, en un lugar tan arrealista como Esparza de Galar; en Aragón porque es muy brutote y hay viento en Zaragoza; en Cataluña, porque disfrutan de uno de esos climas tirando a lánguidos que provoca una blandurriez de espíritu menestral que luego desemboca en mala bilis separatista; en las islas Baleares porque sus inviernos son como para quedarse en el fondo del pozo y no salir y están todos medio locos, aunque Fernández Mallo me cae bien; en Valencia porque son todos del PP, drogatas, adictos a la cirugía estética, portadores de perlas y corruptos en potencia (o sin potencia); en Murcia, porque tienen ese acento horrible, no hay bibliotecas y en fiestas se tiran pimientos a la cabeza hablando en panocho; en Andalucía porque tampoco disfrutan de ese clima continental que es el único que me gusta, he descubierto, y porque están siempre demostrando que no son unos catetos, lo cual, como en la Miss Mundo que quiere demostrar que no es tonta, tiene algo de cansina excusatio non petita; en Canarias, y sigo para el sur, porque su clima en invierno es ni chicha ni limoná, y te priva de los matices mortecinos de interior, así como un feng shui territorial lindante con el desierto que genera un cierto desasosiego no muy lejano a la saudade portuguesa sólo que aquí no lo reconocen, por no hablar del viento, que impide cualquier meditación o viaje hacia uno mismo si uno se mete por el interior; en Castilla-La Mancha porque es un lugar de paso y tienen tapetes bajo el televisor, vajillas cutres y las familias quedan los domingos de febrero para preparar migas en plazas horribles ataviados de similares chándales de táctel; de Extremadura salían echando pestes ya en el siglo XVI, aventureros a la fuerza; en Castilla-León porque los domingos aún afloran esos hijos del franquismo que pasean mostrando pechito y porque son más reacios al cambio que el diseñador del logotipo de Ford; en La Rioja porque está lleno de señoras con abrigazos y, vaya, pues sí que he dado rápido la vuelta a España pisando callos. Me queda Madrid. Siempre nos quedará Madrid y menos mal. Porque Madrid es todas las españas y ninguna.

*Y de Ceuta y Melilla paso.

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