Bullying divino

Ese tocar las pelotas insidioso que cabreaba y sacaba de las casillas a la víctima de bullying, cuyas airadas reacciones, fuera de sí, lo convertían cada vez en más víctima. Como el hecho de que también acudiera el padre, en plan protector, que quizá menguaba temporalmente los ataques para redoblarlos una vez desapareciera su figura autoritaria. No era una paliza, era un pifo. Legal. Eran decenas de pifos; micromaltratos que, todos juntos, constituían un gran maltrato. Pero para llegar a esa categoría, la víctima del acoso escolar tenía que coleccionar un sinfín de pequeñas vejaciones. 

La idea de un dios que se dedicara a hacer algo parecido con una de sus criaturas. Una de ellas que se las hubiera apañado para llevar una existencia en contra de ciertos dictados tradicionalmente suyos, como una cierta rectitud, veneración en el trabajo y hábitos saludables de Hollywood años cincuenta. Una rebeldía intolerable para los policías divinos, que le castigaran con pequeñas sanciones. No tanto por reinsertarle y educarle, sino más bien por envidia, por considerar una provocación rebelde su actitud de hombre libre. Y hacerle tropezar cuando va a saludar a la mujer que quiere conquistar. Y provocarle un dolor de cabeza insoportable el día en que va a emprender un feliz viaje. Y generarle una caries crónica que le impide disfrutar de la comida.  E ir amargándole progresivamente hasta conseguir su objetivo letal. Como una guerrilla de guerrillas rápida y fulminante en el que no hubo testigos o si los hubo están comprados, fueron cómplices. 

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