El ego

Quizá el propósito más sabio al que se puede entregar uno en vida (porque en muerte es más complicado) es a matar a su ego. El ego como ese monstruito de la nicotina que Allen Carr, en su longseller sobre cómo dejar de fumar, nos enseñó que había que matar porque hasta que no consigue lo que quiere no nos deja en paz. Aprendimos a matar al hijoputilla de la nicotina y recuperamos la libertad. Y la vida. Gracias, Allen Carr. Ojalá alguno de tus sucesores escriba un libro parecido: Matar al ego es fácil, si sabes cómo. Pero habrá quién dirá que el ego es el motor de muchas cosas, hermosas, incluso. Permítanme que lo ponga en duda. Pero otro día, que se hace tarde.

Comentarios