Dígitos

No, amigos, no jodáis. Predicadores del despojamiento, de la virtud del no tener, apologistas de la nada y el grano de maíz como exceso por Navidad. Vale si te vas a vivir al desierto, a la Argelia de principios del XX y como mucho te alimentas de leche de cabra aguada porque el espíritu ya lo tienes lleno. Pero en Occidente necesitamos más cosas que llenar el espíritu. ¿Necesidades superfluas? Anda ya. La certeza de que, pasando cierta edad, se necesitan unos dígitos constantes en tu haber para empezar a plantearse cierta felicidad. Lo procaz no quita lo valiente. Y cómo virar lo que antes uno consideraba virtud, esa ley del mínimo esfuerzo, y convertirla en otra cosa. Haciéndolo. El resto es amargura, un camino penoso, propio de devotos del sufrimiento y uno se cansó ya de los viacrucis de salón.

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