Cerocero

Si no me apetece probar una gota de alcohol, es que sigo renqueante. No sé muy bien qué ha sido, una cosa vírica, que no infecciosa. El cuerpo aún anda macilento. La garganta, esa frágil maquinaria, dando por saco toda la semana. Voy lento. Pero no se vive mal en este estado, con grilletes. Hoy tomé un café con Jordi en una cafetería como de provincias, con su nombre afrancesado, y hablamos de películas italianas. Disfruté de la conversación. Creo que sería más feliz en un mundo que no estuviera dominado por el alcohol. Aunque quizá lo digo ahora porque simplemente no me apetece. Pero no estar en disposición de ingerirlo te pone en una situación complicada, cercana al exilio social. Porque uno puede disfrutar de unas cuantas horas en sociedad sin mojarse los labios, pero hay un momento en que uno ya se quiere ir a su casa, a no ser que se ponga el copazo del siglo. El alcohol es la gran trampa. Problema y solución al mismo tiempo, que diría Homer Simpson. Un círculo vicioso que poco a poco ha ido anulando cualquier otra alternativa. Un verdadero héroe sería aquel que lograra escapar de sus cantos de sirena. Leí hace poco a Alberto Sánchez-Figueroa decir que él no era de drogas ni de copas. Lo primero me lo creo, lo segundo no. Pero, oye, a lo mejor.

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