Insomnio

A la ansiedad, positiva, por levantarse pronto para hacer cosas placenteras, montar un taller literario, escribir, terminar de instalarse, en ese proceso sin fin de llegar a un sitio nuevo —hoy ya con internet, ese momento en que una casa es una casa, y no un conjunto de paredes, sólidas—, se le suma otra ansiedad, negativa, la de ganarse la vida cuanto antes. Poner en orden todo el sindiós de un sistema que se empeña en dificultar mi vuelo. Llega ese insomnio, producto de la ansiedad, y procedo a contar, sobre la cama, esas cartas negras como la quina que me recuerdan, por verle el lado bueno, que soy un ciudadano del que se espera sus contribuciones a la causa del bienestar y su perra madre. Cojo la calculadora y voy añadiendo dígitos a esa ominosa aritmética del debe. Llueve sobre mojado, como si me hubiera caído una troika encima. Entiendo el por qué de esos apremios: la medida de gracia no es válida por aquel otro descubierto, así que retroactivamente me exigen lo que en un celo de legalismo crudelísimo les corresponde. Todo pasa por mover el culo, ciertamente, y es tal el deseo de hacerlo que vienen los desvelos, como si se fuera a solucionar todo ya, en la quietud de la noche en la que el mosquito canario habitual viene a hacerme compañía y al que, en una búsqueda de paz definitiva, intento cargame sin éxito.

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