Camino de brasas

Paras un segundo y te das cuenta de que llevas 12 días en la isla y aún no, o quizá sí, pero de aquella manera, lo habías asimilado. Como si esa posición en guardia que uno adopta ante los cambios estuviera reñido con tomar conciencia, darte por enterado, y uno viviera en cierta nebulosa en la que las cosas importan menos o se sienten menos, hasta que llega un rato de cierto descanso y dices: ahivá. Miras entonces esa foto de instagram que quizá no deberías haber mirado, como tú quizá no deberías leer estos textos, y entonces te llega una corriente de agua fría al notar que bajo esa imagen de serenidad y belleza militante hay una sombra de lágrimas previas, nocturnas, matinales, que desde aquí uno no puede contener pero vaya si le gustaría. Se refugia uno entonces en una cierta antiempatía para no sufrir más de la cuenta, pasando a grandes trancos por el camino de brasas, quizá haciendo mal, pero es que a este corazón ya viejo no le sale ya otra cosa.

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